En Venezuela, contar la verdad se ha convertido en un acto de valentía… y de alto riesgo. En la tierra que alguna vez soñó con libertad, hoy hay periodistas tras los barrotes, voces acalladas por un poder que teme a las palabras más que a las armas.
Cada día, hombres y mujeres que empuñan un micrófono, una cámara o una libreta enfrentan la furia de un régimen que ha hecho del silencio su estrategia de supervivencia. Nicolás Maduro, el autoproclamado defensor del pueblo, se ha transformado en su verdugo. Con su aparato represivo —cárceles, jueces serviles, militares y censura— ha encarcelado la verdad y perseguido a quienes la defienden.
No se trata de política, se trata de dignidad humana.
Se trata de periodistas como Nakary Mena Ramos y Gianni González, detenidos por informar sobre la inseguridad en Caracas. De Yousner Alvarado y Deysi Peña, acusados absurdamente de “terrorismo” por mostrar lo que el régimen quiere ocultar. De tantos otros nombres que hoy se pierden entre barrotes, golpes y juicios sin justicia.
¿Su crimen? Decir la verdad.
¿Su castigo? El silencio forzado.
Mientras el gobierno de Maduro se aferra al poder con mentiras y violencia, el periodismo libre resiste en trincheras digitales, desde el exilio o la clandestinidad. Las redacciones se han convertido en refugios. Las redes, en los últimos espacios de resistencia. Pero incluso ahí, la represión acecha: bloqueos, amenazas, hackeos, miedo.
Y sin embargo… la verdad sigue viva. Porque la verdad siempre encuentra caminos para salir. Porque por cada periodista encarcelado, hay cien dispuestos a seguir escribiendo su nombre, a contar su historia, a romper el muro del silencio.
Maduro podrá encarcelar cuerpos, pero no puede encarcelar conciencias.
Podrá apagar micrófonos, pero no podrá callar la memoria.
Podrá manipular la justicia, pero no podrá borrar la injusticia.
El mundo no puede mirar hacia otro lado.
Cada periodista preso en Venezuela es una herida abierta en la democracia latinoamericana.
Cada golpe, cada amenaza, cada censura, es una derrota para todos los que creemos en la libertad.
Por eso este texto no es solo una denuncia: es un grito.
Un grito por los que no pueden hablar.
Un grito contra un dictador que viola derechos humanos, que persigue, encarcela y destruye la verdad.
Un grito que dice, alto y claro.





