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  • Cómo carne de cañon

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    La angustia crece, pasan los días y los presos políticos en Venezuela siguen encerrados, pagando con su libertad el precio de pensar distinto.

    Duele saber que, aun cuando se dio una orden clara desde Estados Unidos, el régimen continúa burlándose del mundo, del derecho y del dolor de miles de familias.

    Cada hora que pasa sin liberaciones es una hora más de tortura emocional, de madres esperando, de hijos creciendo sin abrazos, de vidas suspendidas en celdas injustas.

    No es política: es humanidad.

    Y el silencio —o la demora— también duele.

    Venezuela no olvida.

    Los presos políticos no son números.

    Son personas que merecen libertad ya

  • La real libertad

    Hoy Venezuela respira distinto.

    Cada preso político que recupera su libertad no es solo un nombre que sale de una celda: es una familia que vuelve a abrazarse, una madre que deja de rezar en silencio, un país que recuerda que la dignidad no se encarcela.

    La liberación no borra el dolor, no devuelve los años robados ni sana de inmediato las cicatrices físicas y emocionales. Pero enciende una luz en medio de tanta oscuridad. Nos recuerda que resistir valió la pena, que alzar la voz no fue en vano, que la esperanza sigue viva aunque haya sido golpeada mil veces.

    Hoy celebramos con cautela, con lágrimas contenidas y el corazón vigilante. Porque mientras uno salga libre, aún quedan muchos esperando. Y porque la verdadera libertad no será completa hasta que ningún venezolano sea perseguido por pensar distinto.

    Que este momento sea semilla, no excepción.

    Que sea el comienzo del reencuentro con la justicia, la memoria y la libertad que Venezuela merece

  • El principio del fin

    Ayer desperté con una noticia que nunca pensé vivir de esta manera: la captura de Maduro. Me quedé en silencio unos segundos, sin saber si llorar, celebrar o simplemente respirar hondo. Sentí una mezcla rara de alivio y desconfianza, como si el corazón quisiera abrazar la esperanza, pero la memoria —cargada de tantos engaños y dolores— me pidiera calma.

    Pienso en todos los años de oscuridad, en las familias separadas, en los jóvenes que se fueron buscando un futuro, en los que ya no están para ver este día. Siento orgullo por un pueblo que resistió, que nunca dejó de creer que algún día la verdad tendría su momento. Pero también siento miedo: miedo a que esto no sea suficiente, a que el camino que viene sea más duro de lo que imaginamos.

    Al mismo tiempo, no puedo evitar soñar. Soñar con un país donde el trabajo valga, donde podamos caminar sin miedo, donde nuestros hijos crezcan libres y donde volver a casa no sea un sacrificio, sino una decisión feliz. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, siento que la palabra “libertad” dejó de ser un susurro y empezó a convertirse en un horizonte posible.

    La captura de Maduro no es el final: es apenas el comienzo de un proceso profundo, responsable y doloroso que tendremos que transitar con madurez. Nos toca reconstruir, perdonar sin olvidar, y aprender a convivir otra vez como nación.

    Yo elijo creer que este puede ser el inicio de la liberación de Venezuela. Elijo creer que, con justicia y unión, podremos escribir una historia distinta. Y aunque los sentimientos se mezclen —alegría, duelo, esperanza, rabia— sé que algo cambió para siempre: ya no tenemos miedo de imaginar un futuro mejor.

  • Venezuela en Oslo

    Oslo, la ciudad donde la historia suele hablar en voz baja pero con eco eterno, fue hoy testigo de un momento que trasciende premios y protocoles. En el escenario donde se honra a quienes han defendido la dignidad humana frente a la opresión, resonó un nombre que carga con el peso de un país herido pero no rendido: María Corina Machado.

    La entrega del Premio Nobel no fue solo un reconocimiento individual. Fue un acto profundamente político en el sentido más noble de la palabra: la defensa de la libertad, de la verdad y de la democracia. En cada aplauso del auditorio se sentía la voz de millones de venezolanos que no pudieron estar allí, pero que han resistido durante años el exilio, la persecución, el silencio forzado y la pérdida.

    María Corina llegó a Oslo no como una figura distante, sino como el rostro visible de una lucha colectiva. Su historia es la de una mujer que decidió no negociar principios, aun cuando el costo fue la amenaza constante, la inhabilitación y el intento sistemático de borrarla del escenario político. Sin embargo, allí estaba: firme, serena, sin rencor, pero con una convicción inquebrantable.

    El Nobel entregado hoy es también un mensaje al mundo. Un recordatorio de que Venezuela existe más allá de las cifras, de las sanciones y de los titulares fugaces. Existe en la valentía de quienes no se resignan. Existe en la esperanza que, pese a todo, se niega a morir.

    Desde Oslo, el nombre de Venezuela volvió a pronunciarse con respeto. Y por primera vez en mucho tiempo, no fue para hablar de tragedia, sino de coraje. No fue para describir el colapso, sino para reconocer la resistencia.

    La historia juzgará a los responsables del dolor. Pero hoy, la historia también dejó constancia de algo esencial: la libertad siempre encuentra una voz, y esta vez habló con acento venezolano.

  • El pollo cantó toda la verdad

    La reciente carta del Pollo Carvajal no es un simple gesto político ni un intento de redención personal. Es un terremoto moral que vuelve a exponer, con nombres y estructuras, cómo el régimen venezolano ha sostenido por décadas un sistema de corrupción, persecución y manipulación institucional.

    Carvajal fue parte del corazón del poder. Conoció desde adentro las operaciones, los secretos y las alianzas oscuras que permitieron que una élite se consolidara a costa del sufrimiento de un país entero. Por eso su testimonio pesa: porque no habla desde la distancia, sino desde la profundidad del mismo aparato que hoy señala.

    Su carta revela lo que millones de venezolanos han denunciado durante años:

    La instrumentalización de la justicia, el uso del Estado como arma política, el financiamiento de intereses ilícitos y la conexión directa entre altos funcionarios y redes criminales. Cada afirmación es un recordatorio de que lo que hemos vivido no ha sido un simple mal gobierno, sino un proyecto estructurado de devastación nacional.

    Pero más allá de lo que revela, la carta también marca un punto en común:

    El régimen se está fracturando desde adentro. Cuando quienes formaron parte de su núcleo comienzan a hablar, es porque la impunidad ya no es garantía. La verdad empieza a escapar por las grietas.

    Venezuela lleva años pagando las consecuencias de un poder que sembró miedo, silencio y miseria. Hoy, testimonios como este abren un espacio para la memoria, para la justicia y para la reconstrucción moral de un país que exige respuestas.

    La carta del Pollo Carvajal no es el final, pero sí un recordatorio contundente:

    la verdad siempre llega, incluso desde quienes callaron demasiado tiempo

  • Aferrarse al poder cómo vía de escape

    En Venezuela, el poder se ha convertido en un fin absoluto y Nicolás Maduro es su guardián más obstinado. Su permanencia en el poder no se sostiene en legitimidad, sino en un entramado de control político, social y militar que ha convertido al país en un territorio donde la represión es política de Estado y la justicia es un privilegio reservado para unos pocos.

    Mientras el régimen se aferra a su autoridad a través de elecciones cuestionadas, persecución a voces críticas y uso de organismos de seguridad como herramientas de intimidación, una realidad aún más oscura permanece silenciada: las muertes en las cárceles venezolanas, donde cientos de prisioneros políticos viven en condiciones infrahumanas, sin garantías judiciales, sin atención médica y, en muchos casos, sin esperanza de liberación.

    Los centros de reclusión —desde El Helicoide hasta las cárceles regionales— se han convertido en espacios diseñados no para rehabilitar, sino para quebrar. Allí, opositores, activistas, periodistas y ciudadanos que simplemente se atrevieron a disentir han sido torturados, aislados y sometidos a tratos crueles que vulneran todas las normas internacionales de derechos humanos.

    Cada muerte dentro de estas instituciones es un recordatorio de la crueldad del sistema. Son vidas borradas por la negligencia, la violencia institucional y la impunidad. Son nombres que se suman a una lista que el régimen intenta minimizar mientras fortalece su maquinaria de dominación.

    Lo más doloroso es que estas vidas se pierden en silencio mientras el poder se mantiene intacto. Maduro gobierna rodeado de cúpulas que lo protegen, estructuras que dependen de su permanencia y alianzas que garantizan su continuidad, aun cuando el país entero se desangra.

    Pero la historia demuestra que ningún régimen que se sostiene en el sufrimiento de su gente es eterno. Por más que intenten manipular instituciones, coartar libertades y sofocar a la sociedad civil, la verdad se abre paso. Y esa verdad es simple y contundente: Venezuela merece libertad, justicia y dignidad.

    Hoy más que nunca, recordar y denunciar estas muertes no es un acto político: es un acto humano. Es negarse a normalizar la barbarie. Es hacer memoria para que, cuando finalmente llegue la transición, nadie pueda decir que no sabía lo que pasaba.

    Porque mientras Maduro intenta perpetuarse en el poder, la lucha por los derechos humanos y la vida continúa, y el mundo debe seguir mirando hacia Venezuela.

  • La narcodictadura en la cuerda floja

    Estados Unidos identificó al Cártel de los Soles —una red integrada por altos mandos militares, funcionarios y operadores del régimen venezolano— como una organización criminal dedicada al narcotráfico internacional, al lavado de dinero y a operaciones de corrupción a gran escala. La designación se basó en años de investigaciones federales, interceptaciones, testimonios de desertores y decomisos de cargamentos de droga vinculados directamente a estructuras del Estado venezolano.

    En 2020, el Departamento de Justicia de EE.UU. dio un paso histórico: acusó formalmente a Nicolás Maduro y a varios de sus principales colaboradores por narcoterrorismo, conspiración para traficar cocaína hacia territorio estadounidense y participación directa en la protección del Cártel de los Soles. La acusación describe a Maduro como la figura que permitió, coordinó y supervisó rutas, cargamentos y alianzas con grupos armados como las FARC, recibiendo beneficios políticos y económicos a cambio.

    Esta designación no solo exhibe el grado de penetración del narcotráfico en la élite del poder venezolano, sino que coloca al régimen en la misma categoría de organizaciones criminales transnacionales perseguidas por EE.UU., con recompensas millonarias por información que lleve a la captura de sus miembros.

    En esencia: Maduro y el Cártel de los Soles fueron señalados como una organización de narcoterrorismo protegida desde el Estado, responsable de utilizar a Venezuela como corredor de cocaína y como plataforma de poder 

  • El dolor e impotencia de los presos politicos

    Las denuncias sobre las condiciones de los presos políticos en las cárceles de El Rodeo no son nuevas, pero cada testimonio reciente confirma lo que ya se ha vuelto un patrón estructural: la crueldad no es un exceso, sino una práctica sistemática.

    Desde hace años, organizaciones de derechos humanos han documentado un mismo esquema de abuso: incomunicación prolongada, torturas físicas y psicológicas, negación de atención médica y castigos colectivos. Estas prácticas, lejos de ser sancionadas, se repiten con impunidad, configurando un sistema penitenciario diseñado más para quebrar que para reeducar.

    En El Rodeo, la línea entre castigo y venganza política se ha desdibujado. Los detenidos por motivos de conciencia son tratados como enemigos del Estado, privados de las mínimas garantías jurídicas y humanas. Muchos son recluidos en condiciones infrahumanas, sin acceso regular a sus familiares o abogados, mientras sus causas se dilatan indefinidamente en los tribunales.

    Lo más preocupante es la normalización del horror. La sociedad venezolana, golpeada por múltiples crisis, ha aprendido a convivir con el silencio que rodea a las cárceles. Sin embargo, detrás de esos muros, la represión se sostiene sobre cuerpos y nombres concretos. Cada caso ignorado fortalece la maquinaria del miedo y perpetúa la impunidad.

    Hablar de El Rodeo hoy no es solo hablar de una prisión: es hablar del reflejo de un país donde el poder se impone mediante el sufrimiento de quienes piensan distinto. Y mientras las puertas sigan cerradas y las voces acalladas, la pregunta seguirá siendo la misma: ¿hasta cuándo la crueldad será política de Estado?

  • Los días de Maduro están contados

    Nicolás Maduro puede seguir aferrado al poder, rodeado de militares corruptos y cómplices del saqueo, pero la verdad es una: sus días están contados. Ninguna dictadura dura para siempre, y la suya se desmorona entre la miseria que sembró y el rechazo imparable de un pueblo que ya no tiene miedo.

    Las recientes advertencias de Donald Trump no son meras palabras diplomáticas: son un recordatorio de que el mundo no ha olvidado los crímenes del régimen chavista. El mensaje es claro: la impunidad se acabó. Maduro y su círculo saben que el tiempo de los discursos terminó; ahora empieza el de las consecuencias.

    Mientras Venezuela se hunde en la pobreza, el régimen se enriquece con el dolor ajeno, exportando migrantes, narcotráfico y represión. Pero cada acto de abuso los acerca más a su final. La historia es implacable con los tiranos, y el destino de Maduro será el mismo que el de todo dictador: caer, solo y repudiado.

    El pueblo venezolano ha resistido hambre, persecución y censura, pero también ha aprendido a esperar el momento justo. Ese momento está llegando. El fin del régimen no será una negociación, será una liberación.

    Maduro puede seguir mintiendo, puede seguir reprimiendo, pero ya no puede detener lo inevitable: Venezuela despertó, y no volverá a callar.

  • Nos quieren borrar

    El régimen de Maduro pretende quitarnos la nacionalidad a los venezolanos que nos fuimos, como si el exilio fuera traición y no consecuencia del hostigamiento, persecusion y del dolor que hemos vivido por anos. Pero nadie puede despojar a un pueblo de su raíz.

    Podrán quitarnos el pasaporte, cerrarnos las puertas del consulado, borrar nuestros nombres de sus registros… pero no pueden arrancarnos lo que somos. Somos venezolanos por nacimiento, por memoria y por amor.

    Cada uno de los que está afuera lleva a Venezuela en el acento, en la nostalgia, en la esperanza de volver a un país libre.
    Ningún decreto puede desterrar el alma de una nación.

    Seguimos en pie de lucha por cada sueno que siga latiendo en la esperanza de ver a nuestro pais resurgir de las cenizas, fuego que ellos nos han hecho vivir durante todos estos anos de dictadura, miedo y exilio. No es mas venezolano quien se va o quien se queda, es lo que siempre han querido hacer a traves de las diferencias, dividirnos.

    Venezuela siempre estara en el alma de todo aquel que la extrana, la anora y recuerda como aquella democracia de los 90, donde expresar tu voluntad no era delito. Sigo como muchos sonando con una Venezuela prospera y llena de oportunidades, en el nombre de Dios, AMEN.