
En esta tierra donde tantas veces nos han querido arrancar la esperanza, siguen naciendo milagros. No los que vienen con fuegos artificiales ni titulares, sino los que brotan del alma de un pueblo que, aunque herido, no se rinde.
Hoy quiero hablarte de dos venezolanos que no solo forman parte de nuestra historia, sino de nuestra resistencia: José Gregorio Hernández y Carmen Rendiles. No eran ricos, no tenían poder. No buscaban reconocimiento. Simplemente decidieron amar, servir y sanar. Y por eso hoy son santos.
José Gregorio, el médico que caminaba las calles con su sombrero y su maletín, no preguntaba si podías pagar. Te veía a los ojos y entendía tu dolor. Sanaba cuerpos, pero también corazones. Su fe no era de iglesia solamente; era de acción, de justicia, de compromiso con el prójimo.
Carmen Rendiles, nacida sin un brazo, escuchó desde niña las burlas y el silencio cruel de una sociedad que no siempre abraza lo distinto. Pero en vez de encerrarse en el dolor, convirtió su ausencia en fuerza. Fundó una congregación, cuidó a los enfermos, enseñó a los niños, acompañó a los que no tenían voz.
Venezuela necesita recordar que de esta tierra nacen gigantes. Que no todo está podrido. Que la bondad no ha muerto. Que todavía hay ejemplos que nos levantan la cabeza y nos limpian las lágrimas.
Vivimos bajo un régimen que ha intentado arrancarnos el alma. Nos han empujado al exilio, nos han arrebatado la comida, la electricidad, la libertad. Nos han querido convencer de que no valemos, de que aquí no hay futuro. Pero no han podido.
Porque cuando nos miramos en el espejo de José Gregorio y Carmen, entendemos que la esperanza no se pide: se construye. Con cada acto de amor, con cada madre que resiste para darle pan a su hijo, con cada joven que sueña, con cada médico que no se va, con cada anciano que sigue rezando por su país.
Ellos no tuvieron gobiernos que los apoyaran. No tuvieron riquezas. Lo que sí tuvieron fue valor. El mismo valor que está hoy escondido en el corazón de cada venezolano que se levanta pese a todo. Que sigue creyendo en la bondad. Que ayuda a un vecino. Que cuida a su familia. Que no se acostumbra al miedo.
Somos un pueblo herido, sí. Pero no somos esclavos. No lo fuimos nunca.
Este país no está muerto. Está dormido, quizás. Golpeado, sí. Pero late. Late con fuerza.
Y cuando esto termine —porque sí, un día va a terminar— no serán los corruptos quienes llenen las plazas. Serán los humildes. Serán los que resistieron. Serás tú, seré yo. Seremos todos los que nunca dejamos de amar esta tierra rota.
Venezuela no necesita héroes con capas. Necesita santos con manos sucias. Como tú. Como yo. Como los que, aun con miedo, siguen luchando por un país mejor.
Y mientras eso llega, que José Gregorio interceda por nosotros, y que Carmen nos abrace desde el cielo. Que nos recuerden que aún en la noche más oscura… hay luz.
Y esa luz, hermano, hermana… eres tú.
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