El principio del fin

Ayer desperté con una noticia que nunca pensé vivir de esta manera: la captura de Maduro. Me quedé en silencio unos segundos, sin saber si llorar, celebrar o simplemente respirar hondo. Sentí una mezcla rara de alivio y desconfianza, como si el corazón quisiera abrazar la esperanza, pero la memoria —cargada de tantos engaños y dolores— me pidiera calma.

Pienso en todos los años de oscuridad, en las familias separadas, en los jóvenes que se fueron buscando un futuro, en los que ya no están para ver este día. Siento orgullo por un pueblo que resistió, que nunca dejó de creer que algún día la verdad tendría su momento. Pero también siento miedo: miedo a que esto no sea suficiente, a que el camino que viene sea más duro de lo que imaginamos.

Al mismo tiempo, no puedo evitar soñar. Soñar con un país donde el trabajo valga, donde podamos caminar sin miedo, donde nuestros hijos crezcan libres y donde volver a casa no sea un sacrificio, sino una decisión feliz. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, siento que la palabra “libertad” dejó de ser un susurro y empezó a convertirse en un horizonte posible.

La captura de Maduro no es el final: es apenas el comienzo de un proceso profundo, responsable y doloroso que tendremos que transitar con madurez. Nos toca reconstruir, perdonar sin olvidar, y aprender a convivir otra vez como nación.

Yo elijo creer que este puede ser el inicio de la liberación de Venezuela. Elijo creer que, con justicia y unión, podremos escribir una historia distinta. Y aunque los sentimientos se mezclen —alegría, duelo, esperanza, rabia— sé que algo cambió para siempre: ya no tenemos miedo de imaginar un futuro mejor.

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